-La noticia-

Siempre dicen que las malas noticias nunca vienen solas, y no estoy del todo de acuerdo en eso. Hay ocasiones en que las noticias malas, aquellas desgracias que no esperamos, esas informaciones que terminan quitándonos la vida lentamente, llegan de manera exclusiva, singular, impar. Magnificando su efecto. Sí, magnificándolo, porque cuando en tu vida todo son malas noticias unas se confunden con otras, y se acaban dispersando en una especie de malestar general; pero cuando una de estas puyas divinas y solitarias llega a nuestra vida nuestra capacidad de dispersión se resiente, de forma y modo que solo podemos pensar en el mencionado hecho. Vivimos para martirizarnos por él.  ¿Por qué? nos preguntamos, como si la causa de esa desgracia fuera a abrirnos el camino de luz que necesitamos; ¿por qué?, nos preguntamos, como si la causa de esa desgracia fuera la solución a la misma.

Aquella noche la luna estaba en cuarto creciente, con un tono naranja bastante llamativo, y el cielo estaba raso: ni una sola nube. Y estrellas, había muchísimas estrellas. Espectros de luz a varios miles de años luz de distancia. Aquella noche era tranquila, había una leve brisa que daba un descanso al calor abrasador del verano. Si prestabas un poco de atención podías seguir el rastro de los conejos por el movimiento de las altas hierbas que cubrían aquel remanso de paz que era nuestro lugar favorito para perdernos, que era nuestro lugar favorito, que era nuestro lugar, que era nuestro.

Me marcho, dijiste tras un silencio no demasiado largo, no demasiado incómodo. Ni  demasiado ausente, ni demasiado trascendental. Un silencio poco silencioso. Me marcho a Nantes.

Y el silencio que siguió a esa declaración sí fue demasiado largo, demasiado incómodo. Y demasiado ausente, y demasiado trascendental. Y muy silencioso, más que ningún silencio que nadie conozca. Se detuvo el tiempo, y se detuvieron los conejos, y se detuvo la suave brisa, y hasta una pequeña nube inesperada cubrió la luna, haciendo de aquel lugar un paraje en el que nadie desearía perderse.

¿No dices nada? Pero es que no podía reaccionar. No decía nada porque no sabía qué decir, no tenía la capacidad de hilar tres palabras seguidas para formar una frase coherente. Y volvió el silencio, esta vez más corto y más tenso.

-Pero… ¿Nantes, Francia? – Mi cerebro decidió reír. Decidió pensar que era una broma, que no podía hablar en serio, y entonces reí,  a carcajadas.  Reí como pocas veces lo hecho, histérica, nerviosa y casi con lágrimas en los ojos. Creo que nunca me había reído de una manera más mentirosa que aquella. ¿Mentirosa? Sí. Porque en el fondo de mí sabía perfectamente que no era una broma, que no lo habías dicho en tu tono habitual de broma. Que hablabas en serio, muy en serio. ¿Francia? Continué riendo. Pero si tú no sabes francés…es más, ¡tú odias el francés! Y aquí estoy segura de que se notó. Se notó que mi risa no era verdadera, que era pura histeria camuflada.

¿Por qué?  Y aquí la maldita pregunta: silenciosa pero torturadora, silenciosa pero desesperada, silenciosa pero abrumadora. Y me lo explicaste, me contaste tus planes detalle a detalle y cada uno de estos me martirizaba un poquito más, me hostigaba a un ritmo lento pero intenso, constante. Y tu tranquilidad era lo más desconcertante de todo: compréndelo, yo estaba muriéndome por dentro y tú tenías la misma expresión que si me estuvieras recomendando una película. Calmado, sosegado. Como un lago en un atardecer de primavera. Como un lagarto tostándose al sol. Como tú y yo paseando por la calle.

Si algo he aprendido de mí misma con el tiempo es que no tengo capacidad de reacción ante este tipo de situaciones, ante este tipo de noticias, y quedó patente una vez más esa noche. Creo que no fui capaz de articular dos frases seguidas con un mínimo de sentido. Mi cabeza estaba demasiado ocupada negando la realidad, nuestra nueva realidad.

Nos despedimos con un abrazo, como siempre, aunque esta vez me dio la sensación de que fue más largo, mucho más largo que de costumbre. Como si no pudiera despegarme de ti. Como si tuviera miedo de soltarte, por si te esfumabas.

Como si te quisiera demasiado como para dejarte marchar.